Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser juiciosos, virtuosos, felices. Con madres y amantes, con prohibiciones para cuya obediencia no habían sido condicionados, con las tentaciones y los remordimientos solitarios, con todas las enfermedades y el dolor eternamente aislante, no es de extrañar que sintieran inmensamente las cosas y sintiéndolas así y, peor aún, en soledad, en un aislamiento individual sin esperanza, ¿cómo podían ser unos seres estables?

Aldous Huxley, Un mundo feliz (p.56)
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